lunes, 11 de septiembre de 2023

Apuntes sobre Canguilhem

Georges Canguilhem parece ser de esos filósofos que hicieron las cosas lo suficientemente bien como para que ya no sea necesario seguir leyéndolos. Tienen su certificado de calidad, porque fueron reconocidos por otros grandes filósofos que sí leemos, pero abandonaron los programas académicos, las revistas y los catálogos editoriales. Este tipo de personajes adquieren una función exploratoria, como si divisaran una forma de creación que no llegan a dominar.


Filósofos que descubren

Algo así sucede con Fichte, por ejemplo, que le enseñó a Hegel a escribir como un desquiciado,1dio clases a multitudes de estudiantes por el módico precio de tres Federicos por persona, y se borró.

Sin Hegel, el proyecto de Fichte parecería ser como la música serial en boca de Lévi-Strauss: una fantástica travesía en una nave despreocupada de tener un puerto de origen o de destino.2 Sin embargo, lo cierto es que inventó una forma de filosofar que fue la raíz de importantes elaboraciones posteriores.

Podríamos citar muchos más de estos enormes pensadores que supieron desvanecerse sin dejar monumentos ante los que arrodillarse. ¿No es una tarea contra Whitehead el querer revivirlo? ¿No caló tan hondo en nuestro panteón que ya puede dejarse su propia obra a resguardo? Una amiga decía, ante un libro de Gramsci que usaba de posavasos: “no estoy leyendo a Gramsci. No se puede leer. Siempre se termina leyendo a los que leyeron o dicen que leyeron a Gramsci”. Hay que desconfiar cuando se publica una antología de una sola persona: quizás hayan recopilado con un criterio greatest hits, las que sabemos todos.

El descubrimiento de nuevos métodos para escribir filosofía suele llevar a ideas potentes. Por ejemplo, la idea de que la ciencia tiene por objeto un problema.

Apuntes sobre Canguilhem

De todas formas, no se trata aquí de Fichte, ni de Gramsci, ni de las antologías. Se trata de Georges Canguilhem, padre de algo difícilmente identificable. Este pensador, que fue médico sólo durante la guerra y dejó una obra más bien reducida, fue reconocido maestro de FoucaultDeleuzeLacan y muchos de su generación. Aun teniendo como tema central algo tan específico como la filosofía de la medicina y de la ciencia, dejó marcas para todo el pensamiento posterior. ¿Cómo lo logró sin que tengamos, hoy, que leerlo?

En primer lugar, dejándose leer por Foucault, su Hegel, que rápidamente lo convirtió en una máquina para pensar. Si la genealogía tiene su conceptualización en Nietzsche, su método y sus herramientas las dispone Canguilhem: se puede reconocer la manía foucaultiana por desempolvar y atender a archivos viejos en sus reconstrucciones. En Lo normal y lo patológico, la lupa sobre tratados médicos de páginas raídas y amarillentas llamaría la atención, si no fuera porque Foucault llevó esa técnica al extremo, y su obra sí se sigue leyendo.

Conceptos brutos

El descubrimiento de nuevos métodos para escribir filosofía suele llevar a ideas potentes. Por ejemplo, la idea de que la ciencia tiene por objeto un problema. No el conocimiento, no la verdad: la ciencia tiene por objeto un problema. Ya lo decía Canguilhem en 1943, pero quién necesita buscarlo ahí, cuando Deleuze ya hizo del concepto de problema un castillo andante, lo convirtió en la más salvaje teoría de las Ideas. Lo de Canguilhem es más modesto, y hoy quizás innecesario: si una ciencia tiene por objeto un problema, qué podemos decir de la medicina, que tiene tantos más que uno. Un pensador como Canguilhem, un explorador, crea conceptos como diamantes en bruto; pocos, no demasiado sofisticados, inconfundibles.

Lo normal y lo patológico es un libro prescindible. Con semejantes lectores, uno parecería poder sacar poco más de ahí. Y sin embargo tiene algo importante, todas las marcas del tremendo pensador que fue Canguilhem. Cosas que no vamos a encontrar en sus brillantes, pulidos filósofos-lectores. La experiencia de un diamante en bruto: “nos parece que al definir la fisiología como ciencia de los modos de andar estabilizados de la vida respondemos a casi todas las exigencias surgidas de nuestras posiciones anteriores”.3 ¡¡…!!

Alguien que construye un método tal que sólo puede satisfacerse con semejantes definiciones, no puede ser más que un gran pensador. Los modos de andar estabilizados de la vida. ¡Una ciencia que atienda ese problema! La vida que se estabiliza en el mate de la mañana, la vida que sólo puede estabilizarse nadando dos horas por día o leyendo el mismo libro por años con irritante lentitud. Problemas de la fisiología, del andar estabilizados. Resuena el penúltimo vaso de Deleuze antes de quedar del otro lado: el esfuerzo por la estabilización corresponde a la fisiología; la agresión intolerable hacia la vida ya es problema de lo patológico.

Estar sano no es estar adaptado al medioambiente; la salud no depende de poder mantener una situación, sino de imponer normas nuevas, de crear nuevas formas de andar estabilizado.

Apuntes sobre Canguilhem

Aunque nada de esto deja de ser normal para el filósofo. Sólo que hay normalidades que pueden darse nuevas normas, que soportan nuevos modos de andar estabilizados. Y hay normalidades más frágiles, que rechazan todo. Un modo precario de andar por la vida, en el que el más mínimo encuentro podría ser fatal. La patología es problema de uno mismo, nace de aquel que se queja de su forma estable, del que sabe que no podrá aguantar más que lo que ya le toca. Por eso el dolor es aquello incompatible con la salud: es el pathos inaguantable, negación de la fisiología.

Surcos en la tierra

Con estas reflexiones a cuestas, Canguilhem filosofa a machetazos; desmaleza los problemas pendientes de los tratados médicos clásicos. Las agudas objeciones que realiza a la concepción de la vida y la enfermedad de ComteBernard o Leriche les imponen exigencias a sus propias definiciones. Así llega a afirmar que las funciones “son normales durante todo el tiempo que son independientes de los efectos que producen”. No parece muy alocado, a diferencia del caso que lo llevó a formularlo: “el estómago es normal durante todo el tiempo que digiere sin digerirse”.4 Un simple caso del andar estabilizado, si se es un estómago, es no digerirse a uno mismo. Los resultados parecen extravagantes, pero son necesarios.

Ezra Pound dice algo así como que se reconoce a un buen poeta cuando ha arado la tierra de una forma nueva, y con suficiente profundidad. Eso es lo que debe verse en Canguilhem, que inventó una forma de llegar a definiciones de gran intensidad escrutando el pasado. Otro caso es cuando define tan bellamente la salud: la persona sana es la persona normativa, aquella capaz de darse nuevas normas, incluso orgánicas. Como la enfermedad nace de un pathos, en un sentimiento de fragilidad, se puede decir que la salud no es más que un sentirse normativo.

Estar sano no es estar adaptado al medioambiente; la salud no depende de poder mantener una situación, sino de imponer normas nuevas, de crear nuevas formas de andar estabilizado. Este es para nuestro filósofo el doble filo de la salud: nos tienta a abusar de ella, a apostar a nuevas normas que terminen enfermándonos.5

Esta calidad de pionero sin memorial parece ser hasta conscientemente aceptada por Canguilhem. En 1966, a raíz de un fecundísimo diálogo con Foucault y la lectura de El nacimiento de la clínica, nuestro filósofo añade un nuevo ensayo al final de Lo normal y lo patológico. 6 El problema que le plantea Foucault es si la normalidad que él atribuía a cada individuo en su estabilidad orgánica, no tenía en verdad un fundamento previo en las relaciones sociales.

Esto no había sido completamente ignorado en la versión original por Canguilhem, que expone el ejemplo de un obrero que, a pesar de haber perdido una mano, se consideraba perfectamente normal bajo el argumento de que podía seguir trabajando al mismo ritmo y manteniendo a su familia. Sin embargo, éste dice algunas cosas en su nuevo ensayo sobre la noción de error, sopesa teorías, pero no parece preocuparse por resolver la cuestión. Es como si dejara el trabajo a su discípulo, que ya había empuñado el arado con renovadas fuerzas. Se lo lee hasta orgulloso de dejar a otro pensar.

El estilo en Filosofía

Quizás sea necesario considerar que la Filosofía no es un campo homogéneo de discusión. Hay formas infinitas formas de adentrarse en ella y de entenderla, que derivan en proyectos completamente diversos. Pero la invención de procedimientos, pensar en qué hay que enfocarse y cómo, es una cuestión de un enorme esfuerzo del pensamiento. Volviendo al caso de Fichte: el vocabulario, los modos de argumentar y la delimitación del problema a resolver ya implican largas horas de estudio, reflexión y originalidad. Suena hasta improbable que una misma persona pueda descubrir las herramientas y dominarlas en una misma vida.

Es por eso que en el legado de Canguilhem pueden conjugarse perfectamente ambos sucesos: ser un gran filósofo, reconocido como tal, y que no necesite ser leído. Las herramientas que inventó fueron imprescindibles para aquellos que las recibieron, utilizaron y dominaron. Sus libros quedan como un testimonio de aquella creación, de los primeros conceptos desarrollados a partir de un método, o un espíritu, canguilhemeano. El resto, las verdaderas invenciones perdurables, quedaron en manos de sus discípulos. Sin ellos, su obra, como la de tantos otros, podría haber sido considerada un barco sin velamen.


1. Véase al respecto la anécdota en que Hegel envía su Fenomenología del espíritu a Goethe, que le responde que parece ser un gran libro, pero que le vendría bien aprender a escribir en alemán. Recogida en Löwith, K., De Hegel a Nietzsche, Katz Editores, Buenos Aires, 2008.

2. Dicho con las inmejorables palabras del autor: “Barco sin velamen que su capitán, harto de que sirviese de pontón, hubiera lanzado a alta mar, íntimamente persuadido de que sometiendo la vida de a bordo a las reglas de un minucioso protocolo apartaría a la tripulación de la nostalgia de un puerto de origen y del cuidado de uno de destino…”. Mitológicas, I: Lo crudo y lo cocido. México, D.F.: Fondo de Cultura Económica, 2015, pp. 33-34

3. Canguilhem, G., Lo normal y lo patológico, Siglo XXI: Buenos Aires, 2015, p. 157

4. Definición de úlcera péptica, simplificada para los legos. Canguilhem, G., Lo normal y lo patológico, p. 56

5. Quien haya leído clases dictadas por Deleuze, difícilmente pueda ignorar la admiración que le producen este tipo de definiciones, a menudo calificadas de “simples y sorprendentes”.

6. Téngase en cuenta que ya habían pasado más de veinte años desde su primera publicación.

Oloixarac: Mona, fase superior de la red

 A través de la obra de Pola Oloixarac (Buenos Aires, 1977), compuesta hasta ahora por tres novelas, puede rastrearse un devenir del mundo cibernético. Para realizar su diagnóstico, la autora se concentra en tres estadios sucesivos que funcionan como nudos; allí fluyen, como fuerzas libradas a su propio hacer, los distintos personajes que pueblan los textos. Teniendo en cuenta la distancia temporal entre cada novela – siete años entre Las teorías salvajes (2008) y Las constelaciones oscuras (2015), y cuatro entre la última y Mona (2019)– se percibe la lenta mutación entre una situación y otra: como flexiones del mismo organismo, antes que universos radicalmente diferenciados.




Las teorías, primer estadio

Como señala acertadamente Beatriz SarloLas teorías salvajes funciona en sus mejores momentos como una microetnografía cultural de la era Google. El grupo que nuclea Kamtchowsky, transitoria protagonista de la novela, habita un mundo infinitamente enriquecido por los motores de búsqueda. Desde las conversaciones adolescentes repletas de citas eruditas hasta la espontaneidad con que programan un videojuego basado en la lucha armada de los 70s, todo remite a la facilidad de teclear y encontrar.

Así, la primera novela de Pola revela un estadio adolescente de internet, ya no monopolizada por geeks, sino sumergiendo toda la vida en una nueva atmósfera. Las fiestas, los juegos y la sexualidad pasan a estar inmersos en el mismo flujo que la historia, el psicoanálisis o la antropología. Todo está en Google.

En ese sentido es, por un lado, una perspectiva esperanzada (como dijimos, muestra un mundo enriquecido). Pero lo es en la medida en que mantiene un ojo en el pasado. Internet empapa todo, pero mira a la realidad que la precedía para expandirse. Es la época de los blogs, donde los internautas se leen entre sí, se responden con detenimiento. Se mantiene una temporalidad y una atención anteriores a la red; aún no están moldeadas por ella. En el 2008 y para una egresada de la Facultad de Filosofía y Letras, internet puede ser todavía el reverso de un libro; o mejor, de todos los libros.

Las constelaciones, la red emancipada

Las constelaciones oscuras – a mí entender, la más lograda de las tres – es la novela en que la red se libera de su obsesión por el mundo pre-internet. Ya no tiene por qué responder a una función enciclopédica, no es el Aleph de un mundo realmente existente. Aquí, la red es pura productividad: no informa sobre especies animales extrañas, las crea; prescinde de la erudición porque está gestando un mundo nuevo. La fascinación que produce es el efecto de la hibridación entre técnica y organismo, puro germen de la novedad.

En los primeros capítulos asistimos a la perfecta construcción de la bóveda celestial oscura y estrellada que recubre todo el libro. A veces se mezcla con el techo de cuevas repletas de insectos, o con el espacio vacío de internet. Este mundo alucinado, confuso y productivo, sostiene íntegramente a la novela. El pasado ya no importa, se crea uno en que el Mercosur es una potencia tecnológica a nivel mundial. Cassio, el protagonista y hacker estrella, ya no habita un ecosistema que coincide con el de la cultura. No se entiende en absoluto con Melina, una estudiante de comedia musical que trabaja con él. Su mundo ya no se adapta al universo pre-internet como pasaba en Las teorías; está creando un espacio nuevo, una renovada lógica de la vida que trae sus propias reglas.

Hasta el año 2015, las redes sociales se encontraban meramente en poder de todos los elementos que constituían una persona, según los parámetros reduccionistas de sus relaciones sociales, familiares, consumos, intereses, preferencias, educación y búsquedas secretas. El enorme, nuevo continente de datos representaba el nuevo mundo por descubrir: había que diseñar los sentidos, el tacto, la vista que pudieran percibir ese laberinto; construir un Leviathan hecho de formas de percibir e interpretar la información.

Las constelaciones oscuras, Pola Oloixarac

Ya no es la era determinada por Google – si bien éste sobrevive aumentado, ya no como motor de búsqueda sino como megaempresa –, es la era de internet como territorio marítimo. Como señala Carl Schmitt, el mar es un territorio imposible de asimilar a la tierra: su fluidez hace de lo político algo imposible. El mar como superficie inestable no permite fundar un Estado ni definir bandos. Internet, en Las constelaciones, es la pura anarquía, tanto con su capacidad de creación como con su peligro.

En esta novela, los personajes desconfían entre sí, se desconocen, se traicionan. Y sin embargo tienen un poder irreductible: los Estados y las corporaciones son cachorros indefensos frente a su capacidad de generar virus, de hackear cuentas y de obtener información. Son una especie de dioses-piratas deambulando por un mundo que no les interesa. Si ejercen su poder, lo hacen por capricho.

Vivimos en una época tan poseída por los demonios que sólo podemos practicar la bondad y la justicia en la más profunda clandestinidad — murmuró Max –. Descendimos tanto a la oscuridad que ya no se separa de nosotros. No hay luces afuera del sistema. La clandestinidad es el único sistema.

Las constelaciones oscuras, Pola Oloixarac

El desinterés de Cassio y su etnia hacker por el mundo que habitan físicamente. es el producto de percibir su trivialidad. Las redes sociales revelan la totalidad de los datos, los vuelven representables y accesibles, y aún así no sirven para nada innovador. No sirve hacer legible el mundo previo a internet a través de internet; hay que infiltrar la lógica cibernética en las cosas para ver más allá. La legibilidad del mundo depende de su transformación.

Le parecía absurdo creer que escondiendo la cara serían invisibles al Estado; hay tantas otras maneras de poseer la información, ésa es prácticamente trivial. La única manera es ser otra especie, transformarse en otra cosa.

Las constelaciones oscuras, Pola Oloixarac

Mona, etapa superior

La tercera novela de Pola Oloixarac parece ser, en principio, de un mundo ajeno a las dos anteriores. Su exclusión de la saga podría ser la entrada en el mundillo literario: sería un texto sobre concursos, escritores pintorescos o ridículos, discusiones de cuerpo presente en un teatro de identidades. No sólo en cuanto a su contenido, sino también a su forma, Mona parece ser parte de otro proyecto. La prosa es más fluida, sólida, abandona la artificialidad tambaleante que identificaba a Las teorías; la inquietante insistencia en lo feo, deforme o asqueroso es reemplazada por una veladura a veces inverosímil que disimula heridas e intoxicaciones; la cultura ya no decodifica el mundo real ni crea el mundo nuevo, sino sólo expresa excentricidades personales, es una marca de identidad (“¿Quieres escuchar a T.S. Eliot en griego? A veces traduzco contemporáneos al griego antiguo, para ver cómo suenan”)

Sin embargo, esto no parece ser todo. Una lectura en serie con las novelas anteriores permite pensar Mona como un texto sobre el tercer estadio en la relación internet-mundo. Leída bajo ese prisma, Mona es la novela de la era de la Tendencia. Trabaja sobre la lógica de Twitter, que es tanto la red social por excelencia de escritores e intelectuales como la que glorifica la exposición de lo trendy. Genera una maquinaria que invita a expedirse sobre cualquier tema, a la vez que establece los más populares, sobre los que el usuario debería estar hablando para no quedarse afuera.

De esta forma, el mundillo literario es, literalmente, el mundo de la tendencia. La creación técnica no fue, como se esperaba en Las constelaciones, un mundo nuevo. O lo fue en un sentido muy pobre. El funcionamiento de las redes creó efectivamente un modo propio de la cultura, pero resultó un modo chasco. Pola Oloixarac lo retrata a veces imitando (la prosa sofisticada se cruza con códigos twitteros: “Pero en ese momento puntual, #rightnow, de la vida de Mona, el tema no era tanto el libro que había escrito…”, “No quería recordar, dio RT automático”). A veces lo tematiza directamente:

Era curioso que incluso el movimiento feminista #MeToo se hiciera eco de este sentido, aun si no lo explicitara, porque #MeToo quería decir literalmente pound me too, lo que en español de las colonias sería dame masa a mí también, rompeme toda, cogeme a mí también, etc.

Mona, Pola Oloixarac

La cuestión es que no sólo la forma se hace eco del mundo Twitter. Los personajes también son versiones diversificadas de personajes de la red. No ejecutan acciones, sólo se muestran en función de una serie de axiomas que les dan identidad. Marco, el escritor colombiano, considera que Sudamérica tiene como mandato la revolución. Habla de Marx y del Che, gesticula con aire de telenovela e intenta seducir a todas las mujeres que se cruza. Shingzwe, la japonesa, es delicada y elegante. Escribe poemas breves y conmovedores, pero sobre todo vive poéticamente: volviendo de la playa, trae arena en sus manos hechas un cuenco. Quiere llevársela a su esposo para que sienta lo que pasó cuando ella le cuente sus días. Mona se pregunta: “¿Se podía hacer literatura-vida así, a fuerza de pactos incesantes con los detalles?”.

Los ejemplos se multiplican. El problema, tal como lo plantea la novela, no es que los escritores sean estereotipados o caricaturescos. Es que su obra, su vida y su percepción de la realidad se superponen en ese teatro de identidades que genera el mundo Trend. Hay dos personajes que lidian con esto de maneras alternativas. En primer lugar, Mona, la protagonista peruana, que da una vuelta sobre su identidad: a veces ironiza, a veces la aprovecha astutamente, a veces la padece. En segundo lugar, Sven, “el escritor alpino de no ficción”, que se sustrae de esa lógica. Es el único que Mona no encuentra en Google cuando stalkea a los asistentes al concurso. No se considera escritor, e incluso sopesa ser un mal periodista. De alguna manera, parece fracasar de entrada: al abstenerse de poseer una persona cibernética, Sven se asegura la inexistencia de su obra literaria.

El punto nuclear, donde se radicaliza el conflicto, es en el tratamiento twittero de la violación seguida de asesinato de Sandrita. Durante la novela, Mona sigue el caso de una niña desaparecida en Lima. O el caso la sigue a ella, porque en verdad se le imponen las noticias a través de Youtube y Twitter. En las redes se mezcla todo, los insultos de haters que le llegan a ella, los mensajes de los tipos con los que tiene sexo por videollamada y las novedades de la desaparición de Sandrita. Por la niña no se pide justicia al Estado, se pide RT (retweet) por la desaparición. Para evitar ver y recordar, Mona da RT (“No quería recordar, dio RT automático”). El sistema de la tendencia muestra, pero también suaviza. Diluye el conflicto en un pronunciamiento que no necesariamente conlleva implicación personal.

Cuánto duran y quién los ve

Bajo esta luz podemos entender algunos puntos del último capítulo, que de otra forma parecerían un apresuramiento o una resolución torpe. En los dos últimos capítulos, elementos que habían aparecido salpicados a lo largo de la novela configuran una solución semi-mágica a todo lo que está pasando. Mona se está por acostar con Sven, el escritor sin atributos (más que ser buenmozo), y él descubre que su cuerpo está repleto de moretones y cortes. A lo largo de los capítulos anteriores, Mona se pregunta algunas veces cuánto tardan en irse los moretones, y se cubre uno en el cuello con un pañuelo. A su vez, intenta encontrar de a ratos a Sven, que la atrae sin demasiada contundencia. En el párrafo en que Sven descubre las heridas, Oloixarac da una explicación que parece ridícula:

Bajo la luz fría de la lámpara del techo, era incluso más impresionante. Las manchas azules de los hematomas le cruzaban los muslos, además de otras marrones que empezaban a formar una aureola amarilla. Tenía cortes, moretones en todas partes. En el sauna, Lena no había podido verlos, porque la oscuridad la había cubierto y estaba muy distraída para ver otra cosa que su propia idea de Mona. La otra persona que había estado con ella en el sauna, Akto Persson, existía en su propio mundo heleno-nórdico, donde los cuerpos de las mujeres en un sauna no son decodificados de manera sexual, y por lo tanto apenas se registran.

Mona, Pola Oloixarac

Recordar estos episodios para dar una solución tan chata a cómo no vieron su cuerpo repleto de heridas es extraño. Que Sven esté ante una luz fría y los demás estén distraídos no parece ser una razón suficiente para no ver un cuerpo destrozado enfrente de uno. Más bien, pareciera que la respuesta correcta al problema es de naturaleza especulativa, antes que de sucesos empíricos.

En la medida en que Lena y Akto son estereotipos fuertes (Lena es gorda, resentida y está obsesionada con la figura del “monstruo”; escribe literatura infantil y odia a Mona por su belleza y delgadez. Akto es sueco, parco y sólo le interesa escribir. Para eso resigna hablar; anda desnudo por todas partes, completamente desadaptado de las costumbres del resto del mundo). Son personajes forjados bajo la producción twittera de identidades, y por lo tanto no se implican realmente en nada de lo que ven en el mundo físico. Reproducen una dogmática que coincide punto por punto con su identidad.

Sven, en cambio, sustraído absolutamente a esa lógica, ve las lastimaduras de Mona y comprende la pregunta que insiste en distintos momentos del texto. “¿Cuánto duran los moretones en el cuerpo?” es una formulación que enfrenta a la tendencia, es una piedra frente a lo trendy. La persistencia de los moretones es la fuerza de la vivencia contra una lógica que decepciona a la esperanza que generaba internet en Las teorías salvajes Las constelaciones oscuras.

Claves para un final

El vértigo final de la novela también encuentra una explicación en esta lectura. Leído distraídamente, el último capítulo podría ser propio de César Aira. En el sentido de que la autora construye el relato según ciertos planos, y en el último minuto echa todo por tierra entre risas. Pero Oloixarac no parece adepta a ese cualquierismo, y si el resultado genera reminiscencias, los caminos son totalmente distintos.

Aira escribió muchísimas novelas a un ritmo desaforado, y su negligencia respecto de los finales responde a una visión de la literatura que cultivó durante años. Pola Oloixarac, por el contrario, escribe con relativo detenimiento – como decíamos al principio, hay no pocos años entre una novela y otra – y las premisas de sus textos parecen tener un contenido más difícil de abandonar que las de Aira. Cuando Las teorías plantea una discusión respecto de la percepción del campo cultural sobre la lucha armada en los 70, no parece algo que Oloixarac pretenda soltar con ligereza, largar una carcajada y ponerse a escribir otra cosa. No quiere decir que haya una solemnidad en la escritura, sino que se percibe una implicación personal enfrentada a la que generan las redes sociales.

Es por eso que el tratamiento de la lógica twittera no debe leerse como una banalización del texto, sino como una objetivación de un proceso banal. El desconcertante cierre de la novela, donde una bestia mitológica emerge del lago contra un cielo de tonos sanguíneos y destruye todo, no es producto de la desprolijidad. Más bien es el resultado de la lógica twittera aplicada al campo literario, que arrasa con todo sin distinciones. Ante la inminencia de un torrente de agua que promete destruirlos, los escritores rezan, gritan, corren, se abrazan. Desde el cinismo hasta la fantasía ingenua, toda expresión literaria es devorada por el tsunami de la tendencia. Incluyendo, claro está, a Mona y Sven, que intentaron sustraerse.

Monjeau, un doloroso final

 Federico Monjeau dirigió la revista Lulú, integró el comité editor de Punto de Vista, escribió excelentes ensayos y libros sobre música. Para mí, esencialmente, fue uno de los mejores profesores que conocí. No sabía quién era cuando mi novia de ese momento me propuso cursar Estética Musical, la materia que él dictaba. Me dijo que había sido de los primeros en interesarse seriamente por Schönberg acá, o algo así. Cuando empezamos a cursar vimos que era mucho más; nos enamoramos con su forma calma de dar clases en una Facultad de Filosofía y Letras vacía, silenciosa como siempre que se iba de mañana. Nosotros éramos (somos) de la carrera de Filosofía, y la actividad de escuchar y analizar obras musicales con tanta atención nos resultaba totalmente novedosa.

Cuando terminaban sus clases se imponía el desconcierto. Para nuestros compañeros de Artes, la carrera a la que oficialmente correspondía la materia, era una cursada extraña. Monjeau leía largos párrafos de Adorno, Mann o Proust; hablaba de algo que no era ni el Arte ni la Filosofía, ni la Música concretamente. No estaba claro qué era lo que teníamos que entender, pero yo salía siempre con alguna frase suya clavada. Hablando de la belleza natural, recordaba un pasaje de A la sombra de las muchachas en flor: el protagonista se cruza con tres árboles en un paseo en coche que le producen una dicha incompleta. “Mi ánimo tenía la sensación de que ocultaban alguna cosa que él no podía aprehender”. Sin poder responderse ninguna de las preguntas que se le presentan, ve cómo los árboles se alejan tras el coche como agitando los brazos. Como si le dijeran:

Lo que tú no aprendas hoy de nosotros nunca lo podrás saber. Si nos dejas caer en el camino ese desde cuyo fondo queríamos izarnos a tu altura, toda una parte de ti mismo que nosotros te llevábamos volverá para siempre a la nada.

En busca del tiempo perdido: a la sombra de las muchachas en flor, Marcel Proust

El texto corresponde a Proust, obviamente, y no a Monjeau. Pero yo nunca había escuchado nada parecido adentro de un aula. Una reflexión tan extraña y genial para entender qué es lo que hace de la naturaleza algo bello. Esa era una de sus particularidades; no exponía razonamientos, no se preocupaba demasiado porque pudiéramos recrear las argumentaciones. Quería mostrarnos cosas valiosas, como esa. Cuando me senté a escribir esto, estaba preocupado por no recordar la cita con precisión. Solo recordaba que había una frase leída por Monjeau que resonó por mucho tiempo adentro mío. La encontré en uno de los cuadernos de esa cursada, resaltado y con tres signos de admiración en el margen.

Monjeau mantenía un tipo de gracia que se debe estar extinguiendo. Una especie de aristocracia empobrecida (si bien no era pobre) que lo dejaba vivir entre nosotros manteniendo la distinción. Los recesos de sus clases se estiraban porque iba comprar café hasta el bar El Orgullo. “Es el único café decente que se puede conseguir por acá”, nos decía a los indecentes que comprábamos café en el kiosco. Hubo una clase sobre John Cage en la que nos mostró las Six Melodies en un viejo reproductor de CDs que trajo de su casaLa delicadeza de las piezas, el día nublado y la voz de Monjeau explicando la composición promovían un ambiente casi místico. Repitió una frase en el piano. La última nota estaba totalmente desafinada, por lo que se mezcló con risas y gestos de resignación antes de apagarse.

Esa lucha constante por mostrar el valor de las obras fue el aprendizaje más grande que me dejó. En última instancia, mostrar esas piezas de Cage respondía principalmente a la necesidad de mostrar la grandeza del compositor. En esa clase yo entendí que no era sólo un tipo que hacía cosas raras, un músico chasco cuya principal composición eran cuatro minutos y medio de silencio. Todo el esfuerzo pedagógico de Monjeau estaba puesto, si se quiere, en que aprendiéramos a valorar alguna música. No toda la música, eso era inabarcable. Quería mostrarnos algo de valor y que nosotros pudiéramos reconocerlo. Ni siquiera era importante que nos guste, no tenía que ver con eso.

Sus lecturas de Adorno no estaban destinadas a entender a Adorno. Él hablaba del valor de las obras, de cómo teníamos que poner tanta sensibilidad como inteligencia para escuchar a los compositores. Yo no sabía si entendía algo, pero me fascinaba. Nunca escuché tanta música como cuando cursaba con él; de repente cada detalle tenía importancia. Horas y horas de SchönbergFeldman, Cage, Ligeti, y Kagel, entre otros, guiadas por las indicaciones simplísimas de Monjeau. Empecé a creer que podía pensar musicalmente sin ser un erudito, nada más viendo el valor en el material propuesto como lo hacía él.

Cuando llegó el momento de entregar el trabajo final, nos comentó cómo escribir una monografía: nos dijo que debía ser como una conversación entre dos personas cultas, inteligentes – hizo un gesto como aludiendo a nosotros. Una discusión honesta y respetuosa, sin erudición ni palabrerío. Yo quería abrazarlo. Nos proponía que jugáramos a ser un poco como él, a pensar en la música y decir algo relevante. No quería citas largas, bibliografía secundaria, papers actuales, nada de eso.

Cuando entregué mi trabajo y fui a rendir el final, me dijo que a veces los exámenes eran sólo conversaciones. “Está bien el trabajo, charlemos un poco”. Me preguntó algunas cosas sobre mi relación con la música (por ser de Filosofía y no de Artes), y después me pidió que le comentara algunas cosas que me hubieran interesado de la cursada. De una forma muy torpe le pude decir que había entendido que la música dodecafónica era mucho más que apilar notas de una serie, que no entendía cómo me había empezado a gustar Schönberg. Me sonrió. “Yo pensaba que cualquiera podía hacerlo, ahora entiendo que me das la serie a mí y hago cualquier porquería”. Se río y me dijo que él también.

No me acuerdo si se lo escuché o lo leí, pero Monjeau decía que los finales eran lo único común a todas las piezas musicales. Podían variar instrumentos, duraciones, métodos de composición, etc. Pero todas las piezas debían en algún momento fundirse en el silencio. Era otra de esas frases que se me quedaban metidas sin saber por qué. No me revelaba nada concreto y sin embargo me decía algo importante, algo en lo que pensar. La semana pasada, una amiga que me encontré en un bar me dijo que Monjeau estaba muy mal de salud. Yo no pensé en ningún momento en los finales, porque todavía quería volver a asistir a sus clases y leer sus textos los domingos.

Hoy me enteré por otra amiga que sabía de mi devoción. Me escribió que había muerto Monjeau. Haberlo tenido como profesor fue muy importante para mí. Hizo que la música fuera parte de mi vida en un sentido distinto del que conocía. Me mostró una forma de pensar y escribir más vinculada a la honestidad y la simpleza que a la erudición. Lamento mucho su temprana partida, a muchos más les va a hacer falta conocerlo.