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viernes, 1 de marzo de 2024

Respuesta a la crítica de Perfect Days - Ulises Rubinschik

Juan


Fuimos a ver
 Perfect Days, la última de Wim Wenders,  tras efusivas recomendaciones de distintos amigos. Debo decir que me decepcionó, no me gustó, y le estuve dando vueltas a eso la última semana. 

 

La historia sucede en Tokyo, y se trata de un flaco que limpia baños públicos (muy lindos, por cierto). Entre cada baño que va a limpiar, se sube a la camioneta y escucha rock en cassette, y cuando finalmente llega a su casa lee a Faulkner. 

 

El parecido con Paterson, de Jarmusch, es bastante obvio. Y en esa cercanía encuentro lo que me molesta: en las dos películas, para que una rutina miserable se espiritualice –en nuestra jerga, que se vuelva sensible– tiene que ser tocada por la varita del consumo cultural supuestamente elevado. 

 

El aprendizaje sería: si juntás a Lou Reed (o William Carlos Williams), unos cassettes y una máquina de fotos analógica, limpiar baños se vuelve copado –teniendo en cuenta también que, como dice Pablo Pachilla en esta review, el tipo trabaja de limpiar baños que ya están limpios. Sorprendentemente, nunca se ve suciedad.

 

En ese sentido, les opongo Las acacias: una película donde la espiritualización de la rutina llega por el encuentro humano y no por un Spotify bien orientado. 


Ulises

 ¿Es necesariamente tan miserable la rutina del protagonista? Qué se yo. Eso es nuestro juicio. Además, lo de los baños impolutos (que es verdad, ja), ¿no desestima un poco esa miserabilidad extrema? Digo, si efectivamente hubiera vómito, mierda, guasca, sería miserable. En todo caso, creo que la rutina siempre es miserable. Y cada uno se tirotea con la miserabilidad como puede. Ahí, este ponja, con sus consumos culturales. No sé si la película busca mostrar un consumo tan elevado. Lee a Faulkner, pero después compra el libro de una japonesa injunable (por lo menos para nosotros espectadores de acá). Pero, sobre todo, al final se ve que esa mascarada mucho no sirve, porque por dentro el tipo está hecho mierda... entonces, ¿tanto se ponderaban esos consumos?


A mí me gustó. Las actuaciones, cómo filma, los colores, el paisaje de Tokio. Sí siento ese tufillo pensando en Wenders... qué está haciendo ahí. La cosa del director blanco, occidental, yendo a mostrar la vida simplona y rutinaria del japonesito... Cruzada por esos consumos también occidentales. Es decir, no me molesta en la trama, pero sí en la ética del director (acá me podrías decir que estos dos aspectos son inescindibles...). Algo de eso pasa en el documental de Buena Vista Social Club, pero es mucho más flagrante, la cosa del exotismo.

Pero la "espiritualización" en Paterson me parece mucho más goma. Sobre todo con el tema del protagonista como productor (en la de Wenders, sólo consume cultura). Cuando los poemas se escriben en la pantalla mientras el protagonista los escribe, por ejemplo, uf, qué nivel de empalago. Se torna una cosa poetry solemne insoportable. Sí me gustó un poco algo de la "autenticidad" de la escritura (uffff) que le contrapone a las búsquedas "artísticas" de su pareja, estúpida, voluntarista, efectista y mercantil. Aunque también es un poco obvia esta dicotomía... En fin, una floja de Jarmusch.

Juan

Entiendo que es una rutina miserable por la decisión del director de que limpie baños, y no otra tarea rutinaria menos indigna. Es la más baja del escalafón, digamos. Hasta en pelis de kaurismaki que son recolectores, o la misma las acacias, son laburos rutinarios y aburridos pero no degradantes. Acá está esa cosa de que es el laburo reconocidamente más garompa, pero de repente es lindo y los baños son más hermosos que un depto promedio. Simplemente por eso creo que hay una búsqueda en la película de "espiritualizar" la rutina degradante. Si limpiás mierda con lou reed de fondo, está todo bien. Ojo, es lo que entiendo yo, pero está abierto a discusión jaja 

Un poco eso es lo que me molesta de la película: la idea de que toda rutina es miserable. Entiendo la idea, pero la rutina con mierda y vómito es más miserable que las demás, por decirlo de alguna manera. El hecho de que se pelee con la miseria consumiendo cultura, es cierto, es mejor que muchas otras cosas. Más en este contexto. Un amigo me decía eso, y también pensando en la algoritmización: que se salve encontrando algo "propio", bueno, no está tan mal. 

La cuestión de si los consumos son elevados o no: entiendo que lo son porque no se oponen a su estado anímico (que en última instancia, el tipo está hecho mierda pero la lleva bastante bien, podemos decir); se oponen al consumo cultural de los jóvenes. El pibe que lo ayuda en el trabajo, además de ser irresponsable, feo y un pelotudo, no entiende nada de lo que consume el viejo. Quiere vender los casettes, ahí solo ve guita para seguir haciendo pelotudeces y salir con una mina que lo desprecia. La piba que se lo afana y después le da un beso tímido (espiritual), entiende el gusto por ese consumo más "alto". En ese sentido digo sacralizado o espiritual: se opone a un consumo bajo, vulgar. 

Obviamente, la actuación del tipo es impresionante. Las imágenes de Japón están muy bien. Si fuera una garompa no me gastaría en comentar la situación. Pero vi a mucha gente festejándola muy contenta, y me pareció un síntoma de algo más amplio esta valoración de la simplicidad. Está claro, puede gustar, tuve varias respuestas distintas y son válidas! Pero bueno, por mí que se vaya a la puta que lo parió wenders. Podrás ver, también, que tiendo al extremismo y a enojarme bastante rápido jajaj

Está claro lo de Paterson, es más floja. Un poco caricaturesca, tampoco soy un fan (por ignorante) de jarmusch. Pero algo que fui notando es que el ponja de wenders, y wenders mismo, así como lou reed y faulkner, son más próximos a la generación de nuestros padres y hasta un poco menos. William Carlos Williams, Jarmusch y adam driver, en cambio, son más cercanos a nosotros (ya sé, WCW es del año del orto, pero no sé si era un consumo tan general como ahora en cierto mundillo, no tenía ese reconocimiento sino que era un pelotudo que escribía sobre las uvas. Acá llegó más bien en los '90, me atrevo a arriesgar). Digo todo esto porque paterson no me hizo enojar tanto, y capaz es simplemente porque todo me caía levemente más simpático por proximidad.

Uli

Es verdad, Kaurismaki no degrada. Es que ahí el foco es casi una reivindicación de clase, ¿no?, sin imposturas, por suerte, por el modo en que filma (la trama, la foto, los diálogos). De hecho, en K, esas rutinas a simple vista soporíferas son las que terminan armando comunidad. Eso hablábamos ayer con mi novia: a diferencia de K., en la de Wenders el laburo es algo muy individualizado, cero empático, cada uno, con las problemáticas del compañero (ahí la diferencia nacional -como con todo- debe ser clave).

Lo de la miserabilidad inherente a cualquier rutina (quizás por sesgos de mi presente) se me hace difícil desarmarlo, pero en fin.

Es verdad: por más romántica y ¿fetichista? que sea la escucha cassettistica del personaje (aunque él no lo vive así, esa es la mirada del director, como decís, y ahí tomo, sí, la oposición del consumo cultural de los jóvenes), es un buen contrapunto vs. la estandarización algorítmica. Qué feo y pelotudo es el compañero joven, sí! A mí me gustó su actuación (no como al de la reseña que citaste), eléctrica, idiota, atrapante.

Lo de las generaciones puede ser… De todos modos, Cielo sobre Berlín, París Texas, El arquero en el punto del penal, El amigo americano, Alice in the cities, están muy bien. Intuyo que, sí, así como rastreo y re visita, quedó, tal vez, medio viejo generacionalmente.

lunes, 26 de febrero de 2024

Perfect Days de Wim Wenders

 Fuimos a ver Perfect Days, la última de Wim Wenders,  tras efusivas recomendaciones de distintos amigos. Debo decir que me decepcionó, no me gustó, y le estuve dando vueltas a eso la última semana. 

 

La historia sucede en Tokyo, y se trata de un flaco que limpia baños públicos (muy lindos, por cierto). Entre cada baño que va a limpiar, se sube a la camioneta y escucha rock en cassette, y cuando finalmente llega a su casa lee a Faulkner. 

 

El parecido con Paterson, de Jarmusch, es bastante obvio. Y en esa cercanía encuentro lo que me molesta: en las dos películas, para que una rutina miserable se espiritualice –en nuestra jerga, que se vuelva sensible– tiene que ser tocada por la varita del consumo cultural supuestamente elevado. 

 

El aprendizaje sería: si juntás a Lou Reed (o William Carlos Williams), unos cassettes y una máquina de fotos analógica, limpiar baños se vuelve copado –teniendo en cuenta también que, como dice Pablo Pachilla en esta review, el tipo trabaja de limpiar baños que ya están limpios. Sorprendentemente, nunca se ve suciedad.

 

En ese sentido, les opongo Las acacias: una película donde la espiritualización de la rutina llega por el encuentro humano y no por un Spotify bien orientado. 

lunes, 11 de septiembre de 2023

Baby gravy de Oscar Fariña

Reseña de Baby gravy, de Oscar Fariña. Publicado originalmente en el Hurlingham Post.

En su nuevo libro Oscar Fariña, autor de la reconocida reescritura El guacho Martín Fierro, copia a sus ídolos (desde Marcelo Bielsa hasta Leónidas Lamborghini) en poemas tanto lúdicos como programáticos.

Baby gravy es un libro con un programa visible, cuya propuesta está enunciada en dos de sus poemas. El primero, “Marcelo Bielsa, 2016”, es un texto que versifica una charla del director técnico. En las últimas cuatro líneas, concluye: “No hay que inventar nada / hay que copiar / de los que lo hacen bien, de los ídolos. / El ídolo es ídolo porque lo quiero imitar”. El poema dice lo que el libro quiere hacer, y explica qué se logra al hacerlo: primero hay que copiar, porque copiando se enaltece; y segundo hay que copiar, porque copiando se produce – el sentido de este punto se completa más adelante.


El segundo poema programático es “Ritmo y sustancia”, en donde se describe la actividad de escribir poemas en una computadora como si se tratara de un videojuego (“En la pantalla / sos una pequeña / barra vertical / titilante de medio / centímetro de alto / que resbala / en todas direcciones / contra un siniestro / fondo blanco y dispara / siempre hacia la izquierda / proyectiles en forma de letras”; “Verso, / se denomina a cada rafagazo”). Para reconocer que también es un poema prescriptivo, solo hace falta ir a la última estrofa y verificar que saca conclusiones: “No hay otro resultado / siempre gana el que juega”. Escribir no solo es jugar a un juego, sino a un juego actual (un videojuego, lo que juegan los jóvenes). Y gana siempre el que juega, el que produce, el que sigue haciéndolo.


Vale la pena prestarle atención a esta consigna, ya que postula un motivo para la escritura que no es ninguno de los dos que suelen funcionar en la literatura argentina actual: o bien escribir con motivos mercantiles – satisfacer la avidez de novedad vendiendo el nombre propio; o bien escribir con motivos vitales – la escritura como hábito, ir todos los días al bar a escribir al menos una página (sin importar su calidad). Al plantear la escritura como juego, se la reinserta en un plano de disfrute y gratuidad, pero también de desafío de hacerlo bien, de decir lo que uno quiere decir, de llegar adonde se quiere (“el desarrollo musical de alguna idea / que con suerte contenga una batalla”).


Se puede leer Baby gravy, entonces, como un artefacto que juega con la imitación de los ídolos (los que leyeron El guacho Martín Fierro pueden hacer acá sus paralelismos). Pero falta algo más, y es buscar bajo qué lente se vuelve productiva la imitación. En primer lugar podría parecer poco interesante: el principal recurso del libro es la ironía, y la ironía suele llegar al cinismo sin paradas intermedias. En la gran mayoría de los poemas, Oscar Fariña aplica la ironía a través de una incongruencia estilística que le permite relacionar lo alto con lo bajo (“Las dunas bermejas / sobre la superficie de la cola / de mi esposa delatan dónde / el intruso extrae / el tesoro de su vil piratería”, para referirse a picaduras de mosquito). En esto, Washington Cucurto parece ser su principal precursor.


Y sin embargo acá hay una segunda idea que entusiasma: el programa hace que la ironía, recurso por excelencia del libro, abandone el cinismo para volverse combustible de la escritura. No hay burla, sino experimentación formal. Los y las poetas imitados son de lo más diversos, y cada lector puede hacer su propio cuadro de correspondencias –en el que por otro lado, probablemente se dé más cuenta de sus propios ídolos que de los de Fariña. Una lista incompleta y no muy pensada incluiría: objetivistas rosarinos como Taborda en “Selfies”, Alejandro López en “¿Vos viste el auto del polaco?”, Leónidas Lamborghini en “Joana Rain”, Mariano Blatt en “We chillin keep scrollin”, Pablo Katchadjian en “Un ballet de policías” y Cucurto en “¿Escucharon la noticia?”.


Por otra parte, aparecen otras referencias populares, como Cazzu, los Red Hot Chili Peppers y Seinfeld, que son imitados igualmente a partir de su estilo. Este es el lugar en que el texto tiene sus fallas. Hay una intención reconocible del autor por ser actual, citando consumo joven como el de Cazzu (más allá del gusto sincero que pueda tener por lo que hace la trapera) y mechando terminología supuestamente tumbera o baja en casi todos los poemas. Así, uno se cruza a cada rato con “cortes”, “cualquieras” y “wachos” que dada la acelerada masificación de casi cualquier producto cultural, ya no representan a ningún grupo, sino que son también parte del habla normal de la clase media.


Por lo demás, el texto funciona perfectamente y fluye con musicalidad. Estamos de acuerdo, acá siempre gana el que juega.


Baby gravy, de Oscar Fariña
Fadel&Fadel
2023
62 págs