Una esquina atormentada.
Colectivos que compiten todos
contra todos. Y en ella
el monumento del siglo
hecho a medida:
un cajero.
Dibujado un círculo blanco, irregular
en el doble vidrio, expandiéndose en otros
círculos más pálidos, atrás de la mente rajada
del ciruja. El panel da lástima
donde lo cruza la cinta roja
y blanca horizontal //PELIGRO//, la grieta
color ceniza del piso al techo.
Esa figura que vuelve
y vuelve contrastada con el rectángulo
que dibuja en el aire
con los dedos de moho, escuálidos
cuando pide billete billete.
Su cara hecha
también de huecos
se desmarca
de las opciones pequeñas,
de falso relieve o circulares
en la pantalla táctil
del cubículo interior.
Confundiéndose en el vaho
circundante y las ondas
graves de los motores:
La piedra que el ciruja quiere
en su bolsillo para picarla, la piedra
que acaricia en otro mundo,
para pasar de una mano a la otra, para chupar
y que vuelva al bolsillo, la
piedra duplicada por si lo apuran.
De buena gana: la piedra para reventar
otra vez el vidrio
por el que mira hacia adentro.
Se arrastra
panza al suelo
la continuidad de los días.
Algo para tomar,
indistinto. Bultos
indistintos, ayudas indis-
tintas.
El suelo no pertenece, lo que está
encajado entre puertas tampoco,
ni la claridad que trina
entre los balcones y perfiles
de edificios.
Todo a la vista
de todos.
¿Se mueve? ¿O?
Seeee
o no pero no importa, el aire
doblándose al subir
desde el calor del cemento precede
a los nenes con camisetas y sus madres
jóvenes con camisetas
del club ambiguo. La avenida
que divide al medio el plano
en sentido vertical y esa fuga, el humo
ondulado de escape tibio
no se corta por el horizonte.
(Más bien por un gran puente
bandeado por el paso de los camiones).
Es el destino de un barrio
que ya fue penetrado. Más
arriba el cielo siempre vacío,
calmo como una bomba.
Entre dos autos estacionados,
moles grises
inestables las patas
de una mujer vibran, los pantalones
de algodón descienden hasta las rodillas y estas
dobladas, de abajo
suyo cae el meo sin dirección más
que la de la gravedad.
Los faroles contra la noche
rellovida no ocultan un solo
pliegue de su cuerpo y trabajosamente
se yergue. Va paso
a paso al cruce
de las calles, el elástico vencido
sin nunca alcanzar la cintura.
Cuando llega al charco
que completa un pozo en el
asfalto, palmea haciendo salpicar
el líquido negro y con esa
mano se frota
con fuerza entre las piernas.
Camina hasta un asiento
de cemento instalado sobre la vereda.
Espera sentada, se toca la frente.
Vuelve al cruce, sobre la calle, vuelta
otra vez a palmear y procede
con la limpieza por segunda vez.
Esto pasa
a no más de veinte
metros del palacio
de justicia. Sobre la mitad
de la cuadra
sirven crustáceos
crudos a cambio
de moneda extranjera.
Las pelucas verdes de los árboles
rebrotados, apenas saltan, cocoritas
en suspenso. Debajo suyo,
los techos de las casas, parecidas y afuera
de ellas las familias duermen.
El aire gris transparente.
Los labios ocultan dientes.
El plan persigue la mente.
Las cuadras renuevan
su quejido, borbotean
de hambre mientras las recorren.
Están ajadas, fruto
del desamparo. Todo
tiene el olor
fétido
de la expropiación,
en su mal sentido.
¿Dónde se cambia? ¿Dónde
caga y se limpia? ¿Qué
come?
Preguntas, probablemente
propias de un proyecto
ajeno a este siglo.