viernes, 29 de mayo de 2026

Sobre Un método del mundo, de Marie Gouiric

Publicado originalmente en el Hurlingham Post.


El poemario Un método del mundo, de Marie Gouiric, se propone transformar una tradición de la que forma parte. Esta tradición es reciente: se trata de la escritura liviana, accesible, de Mariano Blatt. La serie de herramientas formales de Blatt –oraciones sencillas de sujeto + verbo + objeto restringidas a la parataxis, el uso de un vocabulario joven y canchero, la falta de solemnidad para tratar cualquier tema– proporcionan desde el comienzo una fluidez disfrutable y una construcción efectista del verso. Como cuando escribe: “Que te haga callar // cuando te haga ruido el estómago. // Que te haga callar cuando estés a solas con // esa que eras vos.”, las estrofas cierran. 

En muchas ocasiones, la poesía de Gouiric-Blatt se construye como un sentido común alternativo. Podría ser la forma en que hablan los jóvenes, o un grupo de jóvenes, en un mundo más o menos apacible. Por eso la belleza aparece en Blatt cuando la juventud está lejos del trabajo, lejos del dinero, y no tiene posicionamiento político (al menos explícito). Los jóvenes de Blatt son, como se dice ahora “todo lo que está bien”. En Gouiric, en cambio, hay un proyecto de politización que tuerce el eje de la escritura. Mientras Blatt construye un principio de determinabilidad para la juventud (esta es “politizable”, porque existe como sujeto delimitado y tiene un código propio), Gouiric sienta las bases para un principio de determinación: cómo sería, o debe ser, la juventud politizada. 

Ahora bien, la politización en Un método del mundo tiene, en principio al menos, un impulso definido: el feminismo. Y lo llamamos impulso porque no se trata de un sujeto constituido, o una doctrina estricta, sino de la construcción progresiva de un modo de vida. En “Ley 26.485”, el poema que abre el libro, el yo poético le habla a una mujer que sufre violencia por parte de su pareja; el mensaje es de emancipación, pero principalmente se anuncia la apertura de un mundo posible. “Quedate tranqui. // No sos zorra, ni putita. Ni te gusta que te // bajen los dientes. Creeme // se puede levantar una // ciudad // en ruinas.” El espacio del que participa la destinataria del poema no es ajeno al conflicto. No se trata de problemas banales, y tampoco se los trata (completamente) como tales. Es de hecho en los momentos en que Gouiric más se aleja de Blatt, cuando aparece una imaginería nueva: “Para esos sentimientos hay palabras: // para la tristeza // hay la palabra tristeza (…) // Para la palabra violencia hay // imágenes: // una cara envejecida antes de tiempo // como si un elástico le cruzara la frente; // el ruido delator de los platos rotos”. Los sentimientos, el tema por excelencia de la poesía rosa hija de los noventa, se contrapone a la violencia de hoy. Y como lo muestra el mismo poema, para el sentimiento hay la palabra directa (“tristeza”), pero con la violencia hay que hacer otra cosa. 

Aparece acá la sana traición a Blatt. Para las cosas lindas, inocentes, alcanza el sistema formal que Blatt cultivó y perfeccionó durante años. Es una poesía para un mundo sin conflictos. Y no alcanza en un sentido conformista, sino que efectivamente funciona: en los escenarios pacificados, Gouiric hace brillar hasta las palabras más comunes. “Me pregunta qué me pareció. // –¿Qué te pareció? –me pregunta. // Le respondo // que me pareció // hermoso. // –Hermoso, me pareció –sería que le respondo”. Pero para el mundo injusto e imposible de ocultar, ese sistema queda chico, desencajado. La simpleza embellece todo, pero no todo puede ser bello. 

Ahí aparece el primer problema de Un método del mundo: la construcción poética de un modo de vida feminista, por llamarlo de alguna manera, implica para Gouiric el tratamiento conjunto de toda una serie de elementos heterogéneos. Este modo de vida no se recorta solo por lo femenino, sino que incluye lo bajo, lo pueblerino, lo divertido, lo joven. Se construye así un espacio que mixtura todo lo valorado positivamente, y lo trabaja desde una poética homogénea… Sí, exactamente, la de Blatt. El primer gran problema es entonces que la profusión, la ampliación del sujeto de la poesía queda del lado de la no-invención: se habla de un cartonero sexy en una foto de la misma forma que de las fiestas y el baile, las vacaciones, el trabajo docente, la casa pueblerina de la infancia, la familia, etcétera. Todo es rápidamente reconducido al modo de Blatt, al universo de “todo lo que está bien”. Por lo tanto, todo suena igual.

Pero, ¿qué pasa entonces con el otro lado, con el mundo del conflicto que tan bien funcionaba como proyecto poético? Es el ámbito que finalmente se define en un juego de oposiciones, lo que queda afuera de todo lo que está bien. Las mujeres que sufren violencia, las monjas, los tipos, las novias de los tipos. Todo el aparato institucional-opresivo queda fuera del manto de la simple belleza y pasa a ser objeto de imágenes más complejas y oscuras. Hasta acá, no suena tan mal. La cuestión es qué pasa cuando el yo poético, acostumbrado a hablar desde la belleza –porque siempre habla desde la belleza– se pone a trabajar su opuesto. Lamentablemente, en vez de la extrañeza, en vez de la violencia, en vez del conflicto real, surge el paternalismo. Porque en Un método del mundo lo que vemos no es a lo bello interactuando con su otro, sino mostrándole lo bueno que es formar parte de su bando.

Volviendo al poema “Ley 26.485”: la destinataria habita un mundo de conflicto, pero el yo poético se mantiene impenetrable y se dedica a lanzar imperativos, explicaciones y palmaditas en la espalda desde su lejanía. “Ni cabida a todo lo que // arruine la manera que vos tenés de verte, // corte espejo; // que sea descansero, con lo que hagas. Manipulero. // Que atrevido // te malondee si querés terminar el secundario, // cambiar el bar por una tiendita de ropa o // salir a vender pan casero”. Teniendo en cuenta que la autora confiesa en el prólogo ser “primeramente una maestra”, la referencia a terminar el secundario es casi de mal gusto. Lo mismo sucede cuando escribe sobre sus alumnos de primaria en “Ojalá siempre seas mi amiga”: la distancia respecto de niños de extracto más bajo que quien habla cae en el peor patetismo bienpensante. Enseñándoles a atarse los cordones como si agarraran orejas de conejitos, pretende conseguirles trabajo, alejarlos de la droga y ayudarlos a criar hijos precoces. 

Un método del mundo intenta ir más allá de Blatt por el mejor de los caminos posibles, es decir, incorporando los más sugerentes elementos actuales dentro del poema. El feminismo, la pedagogía y el compromiso en un modo de vida joven son temas todavía abiertos al descubrimiento literario. Es una lástima que el texto termine ofreciendo una solución poéticamente pobre a causa de la toma de una posición paternalista y de la lejanía con que decide tratar su objeto.

jueves, 14 de mayo de 2026

Sobre Balada para una prisionera, de Martín Rodríguez

 Publicado originalmente en el Hurlingham Post.


Martín Rodríguez reúne en su obra dos tendencias, en general contrapuestas, de la poesía reciente: desde Maternidad Sardá por lo menos, sus textos conjugan poesía política con historia personal. Lo que parece en general una oposición funciona acá como columna vertebral de la escritura. Hay casos más o menos obvios, pero siempre hay un tono personal, sensible podríamos decir, que circula por un entorno político. Esa fórmula se aplica especialmente a su último libro: Balada para una prisionera. Ahí, Rodríguez escribe sobre la muerte de su madre, se entiende que militante revolucionaria en los setenta. 

La serie de poemas construye una línea, una génesis familiar que explica el presente político del poeta. Como dice en “La abuela era el lobo”: En tu pelo empezó esto, // en tus partos // vino mi madre y la soga // que tendió // la ropa a secar. // Con ese hilo cosimos // una familia y una patria. El poeta que habla no sólo recuerda a su madre; construye con esos recuerdos el fraseo de su presente. El poema “La sangre en el ojo” tiene un único verso: Se transmite de generación en generación.

El universo familiar se construye sobre tópicos casi costumbristas, formas de relacionarse entre lazos de sangre: la preocupación por el bienestar de los hijos (Pero yo no comía a veces. // O comía y vomitaba. // Y te  desesperaba.), el cariño (“Mi tierra fue tu cuerpo”), la dureza en la crianza (“Los hermanos miraban la paliza que venía”), entre otros. Esa serie de relaciones, a su vez, se desarrolla en el entorno de lucha armada y persecución política de los setenta: la juventud de la madre que es, a su vez, la concepción, nacimiento y niñez del poeta. 

Pero acá se descubre algo que genera dudas al lector: cómo aparece el imaginario que refleja la última dictadura argentina. Si la principal relación con la política es la familia, eso que pasa en la cocina, ¿por qué el pasado es un compendio de lugares comunes?

¿Soy hijo del soldado desconocido?,
	preguntó uno que no tenía
fotos de bebé.

(...)

Fotos veladas, documentos falsos
flotaban en la lluvia
goteras en la sala de máquinas
cortocircuito
de una familia.

(...)

“Ya voy”, dijiste.
Pediste tiempo en el depósito de Bunge & Born,

(...)

En esta primera escena
mi madre tiene una cita cantada
a la que no va. En una plaza del centro
tiene otra cita cantada
a la que tampoco va.

(...)

ELECTRICIDAD + DIOS

Parir es comer. 
Me sacó de un pozo una carcajada.
Del sol distinguimos el olor:
cuando está casi a punto 
de quemarse la carne,
nacemos. 

 Algunos más mediáticos como Bunge & Born, otros más épicos como la bomba y la trinchera, otros más de sobremesa como Campo de Mayo, algunos cinematográficos como la cita cantada, otros de mal gusto como la picana y la fosa común: todos son mencionados con el criterio de los medios. No necesitan ser trabajados más allá de la mención ocasional, porque el consenso es que todos nos entendemos. ¿Quién no escuchó hablar de todo esto en los diarios, en la radio, en las películas, nombrados de la exacta misma manera? 

De un libro de poemas, y más de un autor consagrado, lo mínimo que se espera es que trabaje honestamente el material. Y si hay algo de lo que carece la terminología periodística es de honestidad. Se sospecha una operación consciente porque, como decía más arriba, lo que vincula a Rodríguez con la política y la historia es, en la lógica del texto, su familia. E inclusive una relación sensible e íntima con la misma, lo que produciría un vocabulario y una serie de imágenes propias. ¿Por qué, nos preguntamos entonces, esta traducción verdaderamente regresiva, del lenguaje propio del clan al lenguaje periodístico? 

Estas referencias a elementos reconocibles no parecen tener otra función dentro del texto que volverlo digerible para la esfera pública, hacer de su contenido algo comunicable: acá hay dolor, acá hay tortura, estamos hablando de lo mismo que cuando decimos 30.000 compañeros desaparecidos presentes. Yo pertenezco a ese mundo.  

Se adivina algo demasiado actual y extendido: el sistema de las credenciales. Como decía antes, lo que une a Rodríguez con la política es en este caso su familia, pero en términos generales un pasado mítico. Martín Rodríguez es el que militó, siempre conjugado en pretérito perfecto. No hay continuidad, posibilidad de regreso, reconsideración de ese pasado; haber militado (él, pero antes su familia) es la credencial que se puede esgrimir para decir que se conoce la política desde adentro. Y a partir de ahí hablar indiscriminadamente; pasar a hacer análisis político sin posicionarse. Una movida similar hizo Beatriz Sarlo, que fundó su intelectualismo gorila en haber sido maoísta. Así pudo pasar de hacer teoría literaria a hacer análisis político sin perder amistades. La fórmula no falla: pasado militante + prestigio en el campo cultural = credibilidad mediática. 

De esta forma, el prestigio no se crea sólo siendo un poeta reconocido (que lo es, pocas personas van a decir algo en contra de su escritura), sino también haciendo legibles los textos, mostrando un universo abierto para los lectores: yo vengo desde adentro, mi madre militó, yo milité; mis críticas son válidas. Si uno quiere entender adónde quiere pertenecer Rodríguez, sólo hace falta ver las dedicatorias: de los ocho poemas dedicados, cinco son a periodistas reconocidos como Pablo Semán, Alejandro Galliano y  Mariano Schuster, dos a familiares, y uno a un crítico-poeta como Martín Prieto. ¿No es sospechoso? ¿No tiene amigos que no hayan publicado libros?

Lo que parecía una solución posible a la dicotomía literatura del yo/literatura política resultó ser la estafa de una con la otra. Usar el relato familiar y la biografía para que parezca un texto político; usar el imaginario político para exaltar la persona pública del autor. Y acá pareciera que si ambas escuelas son estafadas, una lo es más que la otra. La literatura del yo es especialmente sospechosa por aquello que comparte con la lógica de las redes y la exposición. Casualmente, en el mundo en que todos quieren ser vistos y tener seguidores, se defiende como estética hablar cada uno de sí mismo. 

Rodríguez no se distancia de este movimiento. Hasta el ensalzamiento de la madre revolucionaria y la continuidad del linaje desembocan en un mayestático legitimador: “es mi vieja, María Alicia Godoy, honor y respeto para quienes creemos que la muerte no tiene la última palabra”. Hablar de otro para hablar de sí. En este punto, Rodríguez es más inteligente que otros poetas: diversifica recursos para hacerse valer en más ámbitos. Subordina la credencial política al éxito publicitario. El fin es el mismo.

El juicio puede parecer injusto o exagerado para con un simple libro de poemas. Uno puede decir que el texto se escribió desde el dolor; cualquiera puede escribir un mal libro. Pero quizás justamente ese sea el problema. No estamos ante un mal libro, sino ante un libro subordinado a otros fines. Y también de eso se trata tomarse la literatura en serio, de no manosearla. Cuando se percibe que uno de los pocos poetas de los ‘90 que todavía escribe y llega a un público mayoritario es deshonesto y gana posición social licuando sus textos, no se puede dejar pasar. Cuando dice: “Por hache o por be en la familia // hubo problemas con la ley // el siglo pasado”, no es difícil adivinar por qué el verso que falta debería decir “este seguro que no”.